LOS REINOS PERDIDOS…(2)

Sin aceptar necesariamente estas conclusiones tan duras de tragar o su cronología, los datos geológicos, topográficos, climáticos y el resto de datos científicos recopilados por Posnansky, y, cómo no, todos los descubrimientos arqueológicos que hizo, han sido aceptados y utilizados por todos los que le siguieron en el medio siglo siguiente a su monumental esfuerzo.
Su mapa del lugar (Fig. 114) sigue siendo el plano básico del emplazamiento, de sus medidas, orientaciones y edificios principales. Aunque algunas de sus secciones, que indicó como potencialmente ricas en restos y objetos, se llegaron a excavar y a aprovechar, el principal interés estaba y sigue estando en los tres principales componentes del lugar.
Figura 114

 

El de la parte sudoriental de las ruinas es una colina conocida como el Akapana. Es probable que, en sus orígenes, tuviera la forma de una pirámide escalonada, y se supone que era la fortaleza que defendía el lugar; siendo el motivo principal para esta suposición el hecho de que, en el centro de la cima de esta colina-pirámide, se excavara un óvalo, forrado con sillares, que hacía las veces de estanque de agua. Así, si la fortaleza se veía asediada, los defensores tendrían suficiente suministro con el agua de lluvia que se acumulara allí.
Sin embargo, seguían habiendo rumores de que era un lugar en donde había oculto oro, y en el siglo XVIII, se le dio una concesión minera para el Akapana a un español llamado Oyaldeburu. Éste cortó el lado oriental de la colina para drenar el agua, buscó en el fondo del estanque, echó abajo estructuras hechas con hermosos sillares y cavó profundamente en la colina, allá donde encontraran canales o conductos.
Aquella destrucción reveló, no obstante, que el Akapana no era una colina natural, sino una construcción sumamente compleja. Las excavaciones en curso, que todavía no hacen más que rascar la superficie, siguen el trabajo de Posnansky, que demostró que el estanque forrado de sillares fue dotado con magistrales canales de desagüe con los que se podía regular el flujo de agua que descendía a través de unos canales, construidos con sillares de gran precisión. Parece ser que los complejos mecanismos internos del Akapana se construyeron para llevar el agua desde un nivel interno de éste hasta otro inferior en secciones alternas verticales y horizontales, con un desnivel de 15 metros, pero recorriendo una distancia mayor debido al sinuoso curso.

 

Al final, unos cuantos metros por debajo del fondo del Akapana, el agua salía a través de un desagüe de piedra y se dirigía a un canal artificial (o foso) de unos 30 metros de ancho, que circundaba todo el lugar. Iba de allí a los muelles, en el norte del emplazamiento, y desde allí al lago. Ahora bien, si la intención era, simplemente, drenar el exceso de agua para evitar que se desbordara después de unas fuertes lluvias, habría bastado con una sencilla tubería recta e inclinada (como la que se encontró en Tula). Pero aquí tenemos canales en ángulo, construidos con piedras desbastadas, encajadas con gran ingenio para regular el flujo de agua desde un nivel interior a otro. Y esto nos estaría indicando una técnica de procesado -¿quizá la utilización de una corriente de agua para lavar el mineral?
Pero hay otra cosa que sugiere que en el Akapana se pudiera haber llevado a cabo algún tipo de proceso, el descubrimiento, en la superficie y en la tierra sacada del «estanque», de grandes cantidades de «guijarros» redondos de color verde oscuro que oscilan entre los dos y los cinco centímetros de tamaño.Posnansky determinó que eran de constitución cristalina, pero ni él ni los demás (por lo que sabemos) realizaron pruebas posteriores para determinar la naturaleza y origen de estos objetos globulares.
Otra estructura más en el centro del lugar («K» en el mapa de Posnansky) tenía tantos elementos subterráneos y semisubterráneos que Posnansky pensó que podría tratarse de una zona separada para tumbas. Por todas partes había trozos de bloques de piedra tallados para que sirvieran como conductos de agua; estaban en tal estado de abandono que Posnansky se quejó no sólo de los cazadores de tesoros, sino también de un equipo de exploradores anterior, el delconde Crequi de Montfort, que durante sus excavaciones de 1903 desenterró restos sin motivo aparente, destrozando todo lo que se encontraba en su camino (según Posnansky), y llevándose muchos elementos.

 

El informe de los descubrimientos y las conclusiones de esta expedición francesa los ofreció George Courty en un libro y en una conferencia en el Congreso Internacional de Americanistas de 1908, a través de Manuel González de la Rosa. La esencia de sus descubrimientos consistía en que «hubo dos Tiahuanacos», el de las ruinas visibles y el subterráneo e invisible.
Figura 115

 

El mismo Posnansky hizo una descripción de los conductos, los canales y un desagüe (como en la cima del Akapana) que encontró entre las desordenadas porciones hundidas de esta estructura, y determinó que los conductos discurrían en diversos niveles, que quizá llevaban al Akapana y que tenían conexiones con otras estructuras subterráneas en el oeste (en dirección al lago).
Hizo una descripción verbal y gráfica, con un dibujo (Fig. 115a, b), de algunos de los compartimientos subterráneos y semisubterráneos, incapaz de reprimir su asombro por la precisión de la obra, por el hecho de que los sillares estuvieran hechos de dura andesita y porque estos compartimientos estuvieran completamente impermeabilizados: todas las juntas, y especialmente en las grandes losas del techo, se habían untado con una capa de cal de cinco centímetros de grosor, que convertía estos lugares en cámaras,
«absolutamente impermeables. Ésta -indicó-, es la primera y única vez que nos encontramos con la utilización de cal en una construcción prehistórica americana».
Lo que se hiciera en esas cámaras subterráneas y por qué se construían de un modo tan específico, no podía decirlo. Quizá guardaban un tesoro; pero eso, señaló, habría desaparecido hace tiempo en manos de los buscadores de tesoros. De hecho, tan pronto se descubrieron estas cámaras,
«el lugar fue asaltado y despojado a manos de los mestizos iconoclastas del moderno Tiahuanacu».
Aparte de lo que él mismo excavó o vio esparcido por el lugar, se podían ver grandes cantidades de conductos de piedra -trozos de todas las formas, tamaños y diámetros- en la iglesia cercana y en los puentes y desagües del moderno ferrocarril, e incluso en La Paz. Todo indicaba unas extensas obras hidráulicas a nivel del suelo y bajo el suelo en Tiahuanacu; y Posnansky les dedicó todo un capítulo de su último trabajo, titulado Hydraulic Works in Tiahuanacu.
Unas excavaciones recientes han descubierto más conductos de piedra y canales de agua, confirmando las conclusiones de Posnansky.

 

Figura 116

 

La segunda construcción destacada en Tiahuanacu es la que menos excavaciones necesitaba, pues se eleva allí, majestuosamente, a la vista de todos: un colosal pórtico de piedra que se levanta como un arco de Triunfo sin nadie que desfile a través de él, nadie que lo custodie y ni lo aclame (Fig. 116, vista de frente y trasera).
Conocido como la Puerta del Sol, Posnansky la describió como,

 

«la obra más perfecta e importante… un legado y un importante testimonio de un pueblo culto y de los conocimientos y civilización de sus líderes».
Todos los que la han visto coinciden con él, pues no sólo es asombrosa por haber sido tallada y modelada a partir de un único bloque de piedra (que mide alrededor de tres por seis metros y pesa más de cien toneladas), sino también por los intrincados e impresionantes grabados que hay en ella.
Tanto en la parte inferior de la fachada como en la parte trasera de la puerta, existen hornacinas, aberturas y superficies talladas geométricamente, pero lo más maravilloso es la sección grabada de la parte superior de la fachada (Fig. 117). Allí, hay una figura central, casi tridimensional, aunque sólo tallada en relieve, a cuyos lados se pueden ver tres hileras de asistentes alados; la composición se completa con una hilera inferior de imágenes que representan sólo el rostro de la figura central, enmarcado por una línea sinuosa.
Existe acuerdo general en que la figura central y dominante es la de Viracocha, que sostiene un cetro o arma en la mano derecha y un rayo en la otra (Fig. 118). Esta imagen aparece en vasijas, tejidos y objetos del sur de Perú y en tierras adyacentes, dando un atisbo de la extensión que alcanzó lo que los expertos llaman la cultura de Tiahuanacu.

 

A los lados de esta imagen hay unas figuras menores aladas, dispuestas en tres filas horizontales, ocho por fila a cada lado de la figura central. Posnanskyseñaló que sólo las cinco primeras de cada lado en cada fila están grabadas con el mismo relieve pronunciado de la deidad; las otras de los extremos están grabadas ligeramente, como si se tratara de un añadido.
Figura 117
Figura 118

 

Posnansky dibujó la figura central, la línea sinuosa de debajo y los quince espacios originales de cada lado (Fig. 119) y concluyó que era un calendario de un año de veinte meses, que comenzaba con el equinoccio de primavera (septiembre en el hemisferio sur); y que la gran figura central, que mostraba a la deidad de cuerpo entero, representaba ese mes y su equinoccio.
Dado que el «equinoccio» es ese momento del año en que el día y la noche son iguales, Posnansky supuso que el segmento que hay justo por debajo de la figura central, que está en el centro de la hilera de la línea sinuosa, representaba el otro mes equinoccial, marzo. Después asignó los meses restantes en sucesión a los otros segmentos dentro de la franja sinuosa de abajo.
Figura 119

 

Señalando que en los dos segmentos finales se veían dos figuras haciendo sonar un cuerno junto con la cabeza de la deidad, propuso que aquéllos eran los dos meses extremos en que el Sol se aleja más, los meses solsticiales de junio y diciembre, que era cuando los sacerdotes hacían sonar el cuerno para que regresara el Sol. Es decir, según él, la Puerta del Sol era un calendario de piedra.
Y, según supuso Posnansky, debía tratarse de un calendario solar. No sólo estaba encaminado hacia el equinoccio de primavera, cuando comenzaba, sino que también marcaba el otro equinoccio y los solsticios. Era un calendario de once meses de treinta días cada uno (el número de asistentes alados por encima de la franja inferior) más un «gran mes» de 35 días, el mes de Viracocha, componiendo un año solar de 365 días.
Pero lo que debería haber mencionado Posnansky es que un año solar de veinte meses con el inicio en el equinoccio de primavera era un calendario de Oriente Próximo que tuvo sus inicios en Sumer, en Nippur, hacia el 3.800 a.C.
La imagen de la deidad, así como las de los asistentes alados y las caras-meses, representadas con un realismo natural, están hechas en realidad con muchos componentes, cada uno de los cuales tiene su propia forma, normalmente geométrica. Estos componentes aparecen también en otros monumentos y esculturas de piedra, así como en objetos de cerámica. Posnansky los clasificó pictográficamente en función del objeto que representaban (animal, pez, ojo, ala, estrella, j etc.) o la idea que representaban (Tierra, Cielo, movimiento, etc.).!

 

Llegó a la conclusión de que los círculos y los óvalos, plasmados con I gran variedad de formas y colores, representaban al Sol, la Luna, los planetas, los cometas y otros objetos celestes (Fig. 120a); que el vínculo entre la Tierra y el Cielo (Fig. 120b) se expresaba frecuentemente, y que los símbolos dominantes eran la cruz y la escalera (Fig. 120c, d).
En la última, en la escalera, vio la «marca de fábrica» de Tiahuanacu, de sus monumentos y, en definitiva, de su civilización -origen a partir del cual se difundió este símbolo, según creemos, por toda América. Posnansky reconoció que era un jeroglífico basado en los zigurats mesopotámicos, pero dejó claro que no pensaba que hubiera habido sumerios en Tiahuanacu.
Figura 120

 

Todo esto reforzó la idea que tenía de que la Puerta del Sol formaba parte de un gran complejo estructural en Tiahuanacu, cuya finalidad y función era servir deobservatorio; y esto le llevó a las conclusiones más importantes y, con el tiempo, a su más controvertido trabajo.
Los informes oficiales de la Comisión para la Destrucción y Expiación de la Idolatría, que los españoles establecieron con una clara finalidad (aunque algunos sospechan que fue también una tapadera para la captura de tesoros), atestiguan que los hombres de la comisión llegaron a Tiahuanacu en 1625.

 

En un informe de 1621 del padre José de Arriaga, se hacía una relación de más de 5.000 «objetos de idolatría» que fueron destruidos, destrozados, fundidos o quemados. No se sabe lo que hicieron en Tiahuanacu. La Puerta del Sol, como se puede ver en fotografías antiguas, se encontró en el siglo XIX ya rota en dos por la parte de arriba, con la parte de la derecha peligrosamente apoyada contra la otra mitad.
Cuándo y por quién fue reforzada y recompuesta es un misterio. Tampoco se sabe cómo se partió en dos. Posnansky no creía que hubiera sido obra de la Comisión; más bien, pensaba que esta puerta había escapado de su ira porque se había derrumbado y estaba cubierta de tierra, oculta así a la vista de los zelotes de la Comisión cuando llegaron. Dado que, al parecer, se volvió a levantar, algunos se preguntan si se puso en su lugar original, al darse cuenta de que la puerta no era, en su origen, un edificio solitario en la gran llanura, sino parte de una enorme estructura que había más al este.

 

La forma y el tamaño de esa estructura, llamada el Kalasasaya, venían delineados por una serie de pilares de piedra (que es lo que el nombre significa, «los pilares erguidos») que revelan una especie de recinto rectangular de 137 por 122 metros. Y, dado que el eje de esta estructura Parecía ser este-oeste, algunos se preguntaron si la puerta no se habría levantado en el centro, más que en el extremo norte del muro occidental del recinto (que es como está ahora).
Mientras que, con anterioridad, sólo el enorme peso de la monolítica puerta desafiaba la hipótesis de que se hubiera movido más de 60 metros, ahora las evidencias arqueológicas han demostrado que este monumento se encuentra en el lugar en el que se ubicó en su origen, pues el centro del muro occidental fue ocupado por una terraza cuyo propio centro estaba en línea con el eje este-oeste del Kalasasaya. Posnansky descubrió a lo largo de este eje varias piedras con tallas específicas para las observaciones astronómicas; y su conclusión de que el Kalasasaya era un ingenioso observatorio celeste, se acepta en la actualidad sin discusión.
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