LOS REINOS PERDIDOS…(3)

 

Los restos arqueológicos más obvios del Kalasasaya fueron esos pilares, que formaban un recinto ligeramente rectangular. Aunque ya no estén ahí todos los pilares que, en su momento, sirvieron de sujeción a un muro ininterrumpido, su número insinúa una relación con el número de días del año solar y del mes lunar. Particularmente interesantes para Posnansky resultaron once pilares (Fig. 121) erigidos junto a la terraza y que sobresalen del centro del muro occidental.
Las medidas que hizo de las líneas de visión a lo largo de las piedras de observación específicamente situadas, la orientación de la estructura y las ligeras e intencionadas desviaciones con respecto a los puntos cardinales, le convencieron de que el Kalasasaya lo construyó un pueblo con conocimientos astronómicos ultramodernos, para fijar con precisión los equinoccios y los solsticios.
Figura 121

 

Los dibujos arquitectónicos de Edmund Kiss (Das Sonnentor von Tihuanaku), basados en el trabajo de Posnansky, así como en sus propias medidas y evaluaciones, nos ofrecen una visión, probablemente correcta, de la estructura que había dentro del recinto: una pirámide escalonada hueca, una estructura cuyos muros externos se elevan por niveles, pero sólo para circundar un patio cuadrado central abierto al aire libre.
La principal escalinata estaba en el centro del muro oriental; los principales puntos de observación se encontraban en los centros de las dos terrazas más amplias, que completaban la «pirámide» por el oeste (Fig. 122).
Figura 122

 

Fue en este punto donde Posnansky hizo su más asombroso descubrimiento, un descubrimiento que conllevaría unas explosivas ramificaciones. Al medir la distancia y los ángulos entre los dos puntos solsticiales, se dio cuenta de que la inclinación de la Tierra con respecto al Sol, en la cual se basaban los aspectos astronómicos del Kalasasaya, no se conformaba a los 23,5° de nuestra era actual.
Descubrió que la inclinación de la eclíptica, que es el término científico, para la orientación de las líneas de visión astronómicas del Kalasasaya era de 23° 8′ 48″. Basándose en las fórmulas determinadas por los astrónomos de la Conferencia Internacional de Efemérides en París, en 1911, que tiene en cuenta la posición geográfica y la elevación del lugar, ¡significaba que el Kalasasaya se había construido hacia el 15.000 a.C!
Al anunciar que Tiahuanacu era la ciudad más antigua del mundo, una ciudad que había sido «construida antes del Diluvio», Posnansky se ganó las iras de la comunidad científica de su tiempo; pues entonces se sostenía, basándose en la teorías de Max Uhle, que Tiahuanacu se había fundado en algún momento de los inicios de la era cristiana.
No hay que confundir la inclinación de la eclíptica (como hicieron algunos críticos de Posnansky) con el fenómeno de la precesión. Este último cambia el fondo estelar (las constelaciones de estrellas) contra el cual el Sol asciende y actúa en un momento determinado, como el del equinoccio de primavera; el cambio, aunque pequeño, supone un grado cada 72 años, y 30° (todo un signo zodiacal) cada 2.160 años. Sin embargo, los cambios en la inclinación vienen como consecuencia del casi imperceptible balanceo de la Tierra, como el balanceo de un barco, que hace subir y bajar el horizonte. Este cambio en el ángulo de inclinación de la Tierra con respecto al Sol puede ser de un grado cada 7.000 años.
Intrigados por los descubrimientos de Posnansky, la Comisión Astronómica Alemana envió una expedición a Perú y Bolivia; sus miembros eran el profesor Dr. Hans Ludendorff, director del Observatorio Astronómico y Astrofísico de Potsdam, el profesor Dr. Arnold Kohlschütter, director del Observatorio Astronómico de Bonn y astrónomo honorario del Vaticano, y el Dr. Rolf Müller, astrónomo del Observatorio de Potsdam. Ellos tomaron medidas e hicieron observaciones en Tiahuanacu entre noviembre de 1926 y junio de 1928.
Sus investigaciones, mediciones y observaciones visuales confirmaron, en primer lugar, que el Kalasasaya era, ciertamente, un observatorio astronómico-calendárico. Descubrieron, por ejemplo, que en la terraza occidental, gracias a la anchura de sus once pilares, a las distancias entre ellos y a sus posiciones, se podían hacer mediciones precisas de los movimientos estacionales del Sol, mediciones que tenían en cuenta las pequeñas diferencias en el número de días del solsticio al equinoccio, de éste al solsticio y vuelta.
Sus estudios confirmaron además que el punto más controvertido de Posnansky era esencialmente correcto: la inclinación en la cual se basaban los rasgos astronómicos del Kalasasaya difería sustancialmente del ángulo de inclinación de nuestra época. Basándose en datos que se supone arrojan luz sobre la inclinación observada en la antigua China y en la antigua Grecia, los astrónomos sólo pueden estar seguros de la aplicabilidad de la curva de movimientos de ascenso y descenso para unos pocos de miles de años atrás. Por lo que el equipo astronómico concluyó que los resultados podían indicar, ciertamente, una fecha cercana al 15000 a.C, pero también otra cercana al 9300 a.C, en función de la curva utilizada.
No hace falta decir que esta última fecha resultaba también inaceptable para la comunidad científica. Cediendo a las críticas, Rolf Müller llevó a cabo posteriores estudios en Perú y Bolivia, formando equipo con Posnansky en Tiahuanacu. Descubrieron que los resultados podían cambiar si se tenían en consideración determinadas variables.

 

En primer lugar, vieron que, si la observación de los puntos solsticiales se hubiera hecho no desde donde Posnansky supuso, sino desde otro punto posible diferente, el ángulo entre los extremos solsticiales (y, por tanto, la inclinación) sería ligeramente diferente; por otra parte, tampoco se puede decir con seguridad si aquellos antiguos astrónomos habían fijado el momento del solsticio cuando el Sol estaba por encima de la línea del horizonte, cuando estaba a medias o justo en el momento en que desaparecía.
Con todas estas variables, Müller publicó un informe definitivo en la importante revista científica Baesseler Archiv (vol. 14) en el cual planteaba todas las alternativas y concluía diciendo que, si se acepta el ángulo de 24° 6′ como el más preciso, la curva de inclinación cruzaría esta lectura bien en el 10000 a.C. o en el 4000 a.C.
Posnansky fue invitado a dar una conferencia sobre el tema en el XXIII Congreso Internacional de Americanistas. Aceptó que el ángulo correcto de inclinación fuera de 24° 6′ 52,8″, que dejaba una elección entre el 10,150 y el 4050 a.C. Y, aceptando que se trataba de «material espinoso», dejó el tema en el aire, concediendo que hacían falta más estudios.
Y, ciertamente, estos estudios se han llevado a cabo, aunque no directamente en Tiahuanacu. Ya hemos mencionado que el calendario de los incas indicaba un Comienzo en la Era del Toro, no de Aries (el Carnero). El mismo Müller, como ya comentamos, llegó al 4000 a.C. como edad aproximada de los restos megalíticos de Cuzco y de Machu Picchu. Y también nos hemos referido al trabajo, a lo largo de líneas de investigación totalmente diferentes, de María Schulten de D’Ebneth, que la llevó a concluir que la rejilla de Viracocha se ajustaba a una inclinación de 24° 8′ y, por tanto, a la fecha del 3172 a.C. (según sus cálculos).
A medida que se fueron descubriendo objetos con la imagen de Viracocha -sobre tejidos, envoltorios de momias, cerámica- en el sur de Perú, incluso más al norte y al sur, se pudieron ir haciendo comparaciones con otros datos que no fueran de Tiahuanacu. Basándose en esto, hasta los arqueólogos más testarudos, como Wendell C. Bennett, retrasaron la edad de Tiahuanacu, desde mediados del primer milenio d.C. hasta casi el comienzo del primer milenio a.C.
Sin embargo, las dataciones por radiocarbono llevan cada vez más atrás las fechas generalmente aceptadas. A comienzos de la década de 1960, el bolivianoCentro de Investigaciones Arqueológicas en Tiahuanacu (CIAT) llevó a cabo unas excavaciones sistemáticas y un serio trabajo de conservación sobre el lugar. Su mayor empresa era la excavación completa y la restauración del «templete» hundido al este del Kalasasaya, en donde se había encontrado cierto número de estatuas de piedra y de cabezas de piedra. Se descubrió un patio semi-subterráneo, quizá para ofrendas rituales, rodeado por un muro de piedra en el cual había cabezas de piedra clavadas -a la manera de Chavín de Huantar.

 

El informe oficial de 1981, hecho por Carlos Ponce Sanginés, director del Instituto Arqueológico Nacional de Bolivia (Descripción sumaria del templete semisubterráneo de Tiwanaku), afirma que las muestras de materia orgánica encontradas en este lugar daban lecturas de radiocarbono cercanas al 1580 a.C; como consecuencia de esto, Ponce Sanginés, en su amplio estudio Panorama de la Arqueología Boliviana, consideró esta fecha como la del comienzo de la Fase Antigua de Tiahuanacu.
Las fechas del radiocarbono indican la edad de los restos orgánicos encontrados en los lugares, pero no excluyen que las estructuras de piedra de ese mismo lugar puedan tener una edad mayor. De hecho, el mismo Ponce Sanginés reveló en un estudio posterior (Tiwanaku: Space, Time and Culture) que las nuevas técnicas de datación -las de hidratación de obsidiana- daban la fecha de 2134 a.C. para los objetos de obsidiana encontrados en el Kalasasaya.
En relación con esto, resulta intrigante leer en los escritos de Juan de Betanzos (Suma y narración de los incas, 1551) que, cuando se pobló Tiahuanacu bajo la dirección del jefe Con-Tici Viracocha,

 

«éste llevaba con él cierto número de personas… Y después de salir de la laguna, fue a un lugar cercano, en donde se levanta hoy un pueblo llamado Tiaguanaco. Decían -prosigue Betanzos-, que, en cierta ocasión, cuando la gente de Con-Tici Viracocha ya estaban asentados allí, hubo oscuridad en la tierra».
Pero Viracocha «ordenó al Sol que se moviera en el curso en el cual se mueve ahora, y de repente hizo que el Sol comenzara el día».
La oscuridad resultante de la detención del Sol, y el «comienzo del día» cuando se reanudó el movimiento, es, indudablemente, un recuerdo del mismo acontecimiento que hemos situado, en ambos lados de la Tierra, hacia el 1400 a.C. Dioses y hombres, según la crónica de Betanzos sobre las leyendas de la zona, ya estaban en Tiahuanacu desde tiempos primitivos -¿no estarían allí desde las fechas que indican los datos arqueoastronómicos?
Pero, ¿por qué se estableció Tiahuanacu en este lugar y en época tan primitiva?
En los últimos años, los arqueólogos han encontrado detalles arquitectónicos similares entre Teotihuacán, en México, y Tiahuanacu, en Bolivia. José de MesaTeresa Gisbert (Akapana, la pirámide de Tiwanacu) han señalado que el Akapana tenía un plano de planta (cuadrado, de donde sobresale la vía de acceso) como el de la Pirámide de la Luna de Teotihuacán, con casi las mismas medidas en la base que esta pirámide, y la misma altura (alrededor de 15 metros) que el primer nivel de la Pirámide del Sol y su relación altura-anchura.

 

A la vista de nuestras propias conclusiones, de que la finalidad original (y funcional) de Teotihuacán y sus edificios se manifestaba en las obras hidráulicas del lugar, en el interior de las dos pirámides, y junto a ellas los canales de agua en el interior del Akapana y por todo Tiahuanacu asumen así un papel central. ¿No se construiría Tiahuanacu donde se construyó por ser una instalación de procesamiento? Y, si fuera así, ¿qué es lo que se procesaba?
Dick Ibarra Grasso (The Ruins of Tiahuanaco y otros trabajos) coincide con la visión del gran Tiahuanacu, que abarcaría la zona de Puma-Punku, extendiéndose en varios kilómetros a lo largo del eje principal este-oeste, no muy diferente a como lo hace la «Calzada de los Muertos» de Teotihuacán, con varias arterias principales norte-sur.
A orillas del lago, donde Kiss visualizó un muelle, existen evidencias arqueológicas de unos inmensos muros de contención que, construidos en forma de meandro, crearían verdaderos muelles de aguas profundas en donde podrían amarrar barcos de carga. Pero, si esto es así, ¿qué iba a importar o a exportar Tiahuanacu?
Ibarra Grasso da cuenta del descubrimiento, por todas partes en Tiahuanacu, de los mismos «guijarritos verdes» que Posnansky encontrara en el Akapana: en las ruinas de la pequeña pirámide del sur, donde las rocas que lo contenían se volvieron verdes; en la zona de las estructuras subterráneas, al oeste del Kalasasaya; y en grandes cantidades en las ruinas de Puma-Punku.
Curiosamente, las rocas de los muros de contención de los muelles de Puma-Punku también se volvieron verdes. Esto sólo puede significar una cosa:exposición al cobre, pues es el cobre oxidado el que le da a la piedra y al terreno ese color verdoso (del mismo modo que la presencia de hierro oxidado deja un tono marrón rojizo).
Así pues, ¿sería cobre lo que se procesaba en Tiahuanacu?
Probablemente; pero, entonces, ¿por qué no se hizo en un lugar más razonable, menos prohibitivo, y más cercano a las fuentes del cobre? Al parecer, el cobre se traía a Tiahuanacu, no se sacaba de allí.
Pero lo que podía ofrecer Tiahuanacu debería quedar claro por el significado del nombre de su ubicación: Titicaca. El nombre del lago proviene del de una de las dos islas que se encuentran justo enfrente de la península de Copacabana. Según cuenta la leyenda, fue allí, en la isla llamada Titicaca, donde los rayos del Sol iluminaron la Titikalla, la roca sagrada, cuando apareció el Sol después del Diluvio. (De ahí que se la conozca también como Isla del Sol.) Fue allí, en la roca sagrada, donde Viracocha le dio la varita divina a Manco Capac.
¿Y qué significan todos estos nombres? Titi, en aymara, era el nombre de un metal. Según los lingüistas, o plomo o estaño.
Titikalla, sugerimos, significaba la «Roca de Estaño». Titicaca significaría «Piedra de Estaño». Y el lago Titicaca era la fuente de estaño.
El estaño, y el bronce eran los productos por los que se construyó Tiahuanacu -justo donde sus ruinas nos siguen sorprendiendo.
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