Archivo para la categoría Machu Picchu

MACHU PICCHU…HIRAM BINGHAM


El 24 de julio de 1911, Hiram Bingham reveló al mundo la majestuosidad de Machu Picchu. Aunque otras personas llegaron al santuario antes que él, pero carecían de preparación, el mundo científico lo reconoce como al primero en valorar los monumentos que tenía ante sus ojos. Conozca los pasajes de su gran hazaña, perennizados en sus memorias.

Es un lugar que la naturaleza se encargó de bendecirlo con su aliento eterno. En Machu Picchu, el viento no sopla ni acaricia la piel, sino habla con paciencia y sin miedo de la grandeza inca. Y el cielo, donde también hay vida, desciende con sus nubes hasta las terrazas donde aún germina la esperanza. En cada paso que uno da al recorrer el santuario comprende que la belleza del paisaje es obra de la vida y el hombre.

Hiram Bingham (1875-1956), quien hace un siglo buscaba la última capital incaica, se vislumbró al llegar al cañón del Urubamba. “En la variedad de su hermosura y en el poder de su hechizo no conozco otro sitio en el mundo que se le pueda comparar”, anotó en Machu Picchu, la ciudad perdida de los incas, al observar los nevados que asomaban por encima de las nubes, los precipicios gigantescos y la vegetación espesa con sus orquídeas y árboles.

 

El historiador y profesor de la Universidad de Yale, Hiram Bingham, descubrió Machu Picchu motivado por su deseo de identificar la ciudad de Vilcabamba, que era conocido como el último refugio de los reyes incas, quienes la habitaron entre 1536 y 1572. Llegó al país en 1911 con el propósito de internarse más allá de las nacientes del río Vilcabamba, que a la altura de Chaullay vierte sus aguas en el río Urubamba.
En el Cusco supo que Machu Picchu se encontraría cerca del itinerario que había establecido para llegar a Vilcabamba. Por eso, se detuvo solo por un día en la localidad de Mandorbamba porque dudaba que se trataría de la ciudadela que buscaba. Al parecer, la ubicación no coincidía con sus fuentes históricas. Instaló su campamento en las riberas del río, en una playa de arena, cerca de una choza deteriorada de techo de paja.
En lugar conoció al campesino Melchor Arteaga, quien le certificó de la majestuosidad de los restos arqueológicos que hoy asombran al mundo. Al amanecer del 24 de julio, la llovizna y el frío hacían tiritar al lugareño, quien prefería permanecer en su choza en lugar de acompañarlo. Bingham le ofreció remunerarlo si le ayudaba a llegar al lugar a través del camino ascendente y dificultoso, en un día húmedo.
Los integrantes de la expedición –un naturista y un cirujano– no mostraron su interés por ir con él. “Era mi trabajo investigar cualquier informe sobre ruinas y tratar de encontrar la capital humana”, comentó. A las diez de la mañana, junto con Arteaga y el sargento Carrasco, su custodio oficial, empezaron a trepar las escarpadas laderas que se encontraban cubiertas con una vegetación tupida.
Después de haber caminado durante tres cuartos de hora, Arteaga se internó en la selva hasta llegar a la ribera del río. Allí se encontraba un puente antiguo que ya no permitía cruzar la corriente que rugía por su caudal. Tuvieron, entonces, que quitarse los zapatos para cruzar evitando resbalarse. “Tengo la franqueza de confesar que me arrastré con pies y manos sin avanzar más de unas seis pulgadas cada vez”, recordó.
Luego lucharon para abrir camino a través de la densa espesura y empezaron a ascender durante una hora y veinte minutos, incluso a gatas y sosteniéndose con las uñas. En ocasiones, encontraron alguna escalera primitiva que les ayudó a no resbalarse por el pasto. Al mediodía llegaron, completamente agotados, a un pequeño cobertizo cubierto, donde varios indios los recibieron con calabazas llenas de agua fresca y les sirvieron camotes sancochados.Las dos familias que desde hace cuatro años vivían en la zona no solían recibir visitas porque el acceso era difícil. Se creía que el lugar había estado deshabitado durante varios siglos, pero la culminación del nuevo camino motivó a que los colonos volvieran a repoblarla. Allí, las terrazas artificiales les permitían sembrar diversos alimentos como maíz, papas, camotes, caña de azúcar y tomate.
En sus memorias, Bingham confiesa que no se encontraba motivado a seguir con el trayecto porque hacía mucho calor y prefería descansar. Desde el lugar la vista era impresionante: por todas partes habían despeñaderos rocosos, las montañas eran cubiertas de nieve y a lo lejos se observaba el pico del Huayna Picchu. “Continuamos gozando de la maravillosa vista del cañón, aunque todas las ruinas que podíamos divisar desde nuestro helado refugio eran unas cuantas terrazas”.
Sin mayor esperanza, continuó con la caminata sin el apoyo de Arteaga, quien prefirió quedarse y encargar al niño Pablito Álvarez para que sea el guía. “Apenas abandonamos la cabaña y dimos vuelta al promontorio, nos encontramos con un inesperado espectáculo: un gran trecho escalonado de terrazas hermosamente construidas con sostenes de piedra. Habría quizá un ciento de ellas, cada una de unos cien pies de largo por diez de alto. Se veían recientemente rescatadas de la selva por los indios”.
Después hallaron muros de casas de piedras, pero que eran cubiertos por árboles y musgos que habían crecido en varios siglos. A medida que avanzaban, trepando las paredes de las terrazas, encontraban más tesoros arquitectónicos, como la cueva forrada con fina piedra, que podría ser el mausuleo real; un edificio semicircular que se asemejaba al Templo del Sol, en el Cusco, y una muralla de bloques cuidadosamente aparejados.
Hiram Bingham quedó cautivado de la belleza de las líneas, la simetría de los bloques y la gradación de las hileras que causaban un efecto maravilloso. “Debido a la ausencia de mezcla no quedaban huecos feos entre los bloques. Parecían haber crecido unidos. Por la belleza del blanco granito esta estructura sobrepasaba en atractivo a los mejores muros del Cusco”, comentó.
Después de trepar por una colina, llegaron a una escalera de bloques de granito. Luego caminaron por un jardín de verduras y encontraron dos estructuras de granito blanco, con bloques que superaban el tamaño de un hombre y que pesaban de 10 a 15 toneladas. Cada edificio tenía tres muros y se encontraba abierto por un lado. Observó también un templo con tres grandes ventanas. La vista espectacular lo dejó hechizado y se animó a tomar fotografías para testimoniar el gran descubrimiento de la humanidad.
Anuncios

12 comentarios